En “Niños mapuches: ¿Quién escuda qué?” - artículo publicado hoy en el diario en línea ‘El Mostrador’ - José Aylwin señala un asunto político importante para la opinión pública: el intento retórico de la autoridad por encubrir el rol del Estado en agresiones y maltrato recientes a los menores mapuches. La argumentación oficial – así como editoriales de la prensa conservadora – invierten la realidad al insinuar que dichas malas prácticas provienen de las propias comunidades y familias mapuches que utilizarían a niños y niñas de ‘escudo’. Aylwin expone documentación de casos de niños que han sido víctimas de prácticas de maltrato policial. La autoridad haría bien en recuperar la sensatez y enmendar rumbo.
El maltrato infantil es una práctica de violencia intrafamiliar generalizada en Chile como lo ilustra la documentación UNICEF según la cual tres de cada cuatro menores niños o niñas sufren alguna forma de maltrato en Chile. Realidad que que no corresponde del todo con la auto-percepción que la sociedad chilena tiene de si misma. Pero en este caso, familias mapuches ven hijos e hijas maltratados por fuerzas policiales que, en una región de conflicto inter-étnico, se ensañan con menores que debieran estar protegido por ley pero que en realidad sufren heridas por balines, abusos y maltratos por una violencia que proviene de la autoridad.
Es un episodio que se agrega a una larga historia y que ocurre cuando el país se prepara para el Bicentenario. En este caso y por las actitudes en juego, el aporte UNICEF puede generar iniciativas y mejoramientos significativos para asegurar el bienestar de niños y niñas mapuches y reconvertir la postura gubernamental en este ámbito.
La actual popularidad presidencial debiera inspirar políticas de buenas prácticas inter-étnicas y de rechazo a las prácticas actuales por parte de autoridades de gobierno pero en ningún caso debiera ser ser usada de paraguas para prácticas políticas arbitrarias, de discriminación y encubrimiento como las señaladas por José Aylwin. De otra forma una virtud, la popularidad presidencial, puede verse convertida en desventaja.
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